El dilema recurrente del COVID-19 y la trampa de la ultra-solución

No existe un ejemplo anterior como la crisis del COVID-19; pero no por la letalidad del virus, sino por las medidas que la mayor parte de las naciones han tomado para enfrentar dicho fenómeno. En cuanto a las tasas de mortalidad y transmisión, el mundo claramente ha sufrido de peores pandemias.  Sin embargo, en términos de escala e impacto, el hecho de que los gobiernos nacionales de todos los continentes hayan decidido poner en cuarentena a un tercio de la población mundial, no tiene un precedente [1].

Cuando el virus comenzó a propagarse por Europa y el resto del mundo, salió rampante el primer dilema: el dilema de si sacrificar el bienestar de la economía o salvar la salud de las personas. No obstante, a pesar de la declaración de la Organización Mundial de la Salud, en donde declaró el COVID-19 como una pandemia, no hubo una respuesta unificada para contenerlo.  

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Incluso, la falta de coordinación entre el G-7 fue desorientadora: Italia, por ejemplo, no impuso medidas férreas hasta que la situación estalló [2]; lo mismo sucedió en el Reino Unido [3] y Estados Unidos [4]. La división entre los países europeos fue vergonzosa, especialmente entre aquéllos de la Unión Europea. Esta crisis está revelando el hecho de que este grupo es solo una unión sin principios donde los miedos nacionales pueden fácilmente alimentar decisiones erráticas y crear desastres estratégicos. Una vez los intereses económicos peligraron, no hubo ni consensos para contener el virus, ni solidaridad con sus miembros más afectados. 

Fue así como debido a la priorización de los intereses nacionales y al abandono de la lógica colectiva de respuesta, que el virus se esparció rápidamente a niveles alarmantes. Por tanto, al final, de todas maneras, los gobiernos terminaron por verse obligados a imponer las medidas de encierro que temían tomar desde un principio. Debido a lo anterior, ahora tenemos un número enorme de infectados y muertos, los sistemas de salud completamente saturados y consecuencias socioeconómicas negativas que están creando un desastre sistémico. 

Gracias a decisiones conducidas por el miedo y por el interés nacional, sin siquiera salvar las economías, la Unión Europa se convirtió en el epicentro del virus. Países como Italia, España y el Reino Unido ya sobrepasaron los 100.000 casos, teniendo 5.000 infectados y más de 500 muertos al día.

El sistema de salud italiano llegó a estar tan saturado, que las autoridades alcanzaron a redactar borradores de leyes para potencialmente negarle tratamiento a pacientes mayores de 80 años por falta de camillas, respiradores y recursos médicos [5]. Bélgica, asustado de llegar a ese nivel de saturación, declaró que no aceptaría más pacientes que viniesen de otros países europeos [6]. Solidaridad con la situación italiana y la situación española ha sido casi inexistente viniendo de la Unión Europea. El único país que le ha tendido una mano a Italia fue Alemania al aceptar tratar a una docena de pacientes con COVID-19 en tierras alemanas [7].

Un mes después, la curva de infectados en Italia está aplanándose, así como la curva de otras naciones europeas que no fueron golpeadas con la misma intensidad como Austria y Dinamarca. Ahora que los países están viendo su cantidad de casos bajando, el dilema del principio vuelve a recurrir: ¿abrir el país o seguir con el confinamiento?

Acabar con los encierros es, como lo define Paul Watzlawick, “una ultra-solución”: un intento de arreglar un problema deshaciéndose de todo lo que tenga que ver con el mismo [8]. Al caer en esta trampa, los gobiernos están utilizando la ultra-solución, arriesgándose a destruir tanto la economía, como la vida de las personas al final del túnel.

En Francia, la gente está empezando a reaccionar a la inconsistencia de la respuesta política al virus, (diciendo que el gobierno no ha considerado el impacto en aquellos trabajadores y negocios independientes) gritando fuerte y claro: “¡Dennos mascarillas y déjennos salir!”

Por ejemplo, Vinci, Toyota y Renault ya les han pedido a sus empleados que regresen al trabajo. En las zonas rurales francesas, los artesanos han comenzado a retomar actividades como el corte de césped, limpiar las fachadas de los edificios, etc. En el mismo sentido, el sector turístico ya está llamando a los franceses a que empiecen a hacer reservas en sus establecimientos. Las librerías y las peluquerías están pidiendo excepciones y peticiones para trabajar bajo condiciones especiales. En plena mitad de la calle justo debajo de mi apartamento en París está trabajando una tienda que arregla bicicletas, motos y patinetas, mientras que hay niños jugando fútbol.  Muchos otros Estados en Europa han comenzado a levantar las restricciones de movimiento y a flexibilizar las restricciones a los negocios [9].

Sin embargo, sin medidas de confinamiento, para frenar de manera efectiva el esparcimiento masivo del virus, se requieren millones de pruebas de COVID-19 y millones de máscaras a la semana,  así como mecanismos de seguimiento competentes. La realidad es que una medida así no puede ser implementada por los gobiernos europeos porque no tienen los recursos para hacerlo. Por tanto, si proceden con la flexibilización de las medidas restrictivas de encierro, están arriesgándose a un segundo estallido del virus.

No olvidemos el hecho de que en Europa todavía hay miles de personas siendo infectadas y cientos están muriendo al día. Es irracional que por un número mucho menor los gobiernos hayan decidido entrar en confinamiento, y ahora con unos números mucho más altos (así estén bajando) estén pretendiendo que la amenaza del COVID-19 fue controlada.

El peor escenario sería que después de haber pasado por este largo periodo de confinamiento, se termine prematuramente, y por tanto se pierdan todos los efectos positivos logrados hasta el momento debido a la falta de tratamientos e inmunización. En este escenario de la ultra-solución, el tomador de decisión perdería por todos los lados ya que, si hay una segunda ola, los gobiernos se verían forzados a imponer otro encierro en medio del verano cuando ya la gente esté en una fase crítica. Esto conllevaría a que aumenten las tensiones políticas y sociales debido al empobrecimiento de la primera ola del COVID-19 y a la desconfianza en que los gobiernos puedan manejar dicha segunda ola.

¿Pero acaso hay formas de salir de esta trampa de la ultra-solución?

El precio político del enfoque “Stop and Go”, es decir de alternar periodos de encierro y de operaciones casi normales a medida que la situación lo dicte, ciertamente lo van a pagar los gobiernos de turno. Eventualmente, implementar una respuesta global y coordinada en contra del COVID-19 entre distintas naciones podría ser una forma de salir de la crisis.  Sin embargo, esto solo pasaría si se prima la salud de las personas por encima del interés nacional. Para hacer este cambio, los gobiernos tendrían que ser liderados por líderes transformadores.

Por ahora, es claro que los políticos están repitiendo y repitiendo: “es la economía, estúpido.” Eso no promete transformación, yo, lo llamo pánico.


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COVID 19 preliminary scenarios for the humanitarian ecosystem:

Opportunities to translate challenges into transformation